La Coctelera

El GAVIERO

Categoría: cultura blog

12 Septiembre 2005

¿Sabe lo que significa perder Nueva Orleans?

Este artículo sobre su ciudad natal, de la escritora Anne Rice, fue publicado hace unos días en el NYT. Con los días y las noticias que llegaban de allí y los comentarios, esta historia fue tomando valor en mi mente. Hasta que no pude resistir la tentación de traducirlo. Es una traducción muy sensilla. Talvez, mi forma de solidarisar con ellos.

¿Sabe lo que significa perder Nueva Orleans?

Por Anne Rice

La Jola, California.

¿Qué sabe la gente sobre Nueva Orleáns, en realidad?

¿Se irán ellos concientes de que la ciudad siempre ha sido no sólo una gran metrópolis blanca sino también una gran ciudad negra, una ciudad en la que los Afro-americanos han logrado encontrarse una y otra vez para hacer de ella la cultura Afro-americana más fuerte del país?
La primera revista literaria jamás publicada en Luisiana fue obra de hombres negros, poetas y escritores de habla francesa que juntaron sus trabajos en tres ediciones de un pequeño libro llamado L’Album Littéraire. Eso sucedía en 1840, y en aquellos tiempos la ciudad tenía una próspera clase de hombres negros artesanos, escultores, hombres de negocios, propietarios y trabajadores diestros en todos las áreas.
Miles de esclavos vivían también por cuenta propia en la ciudad, haciendo sus vidas en variados trabajos, enviando unos pocos dólares a sus dueños en el campo, a fines de mes.
Esto no es disminuir el horror del mercado de esclavos en medio del famoso St. Louis Hotel o la injusticia del trabajo esclavo en las plantaciones, de un extremo a otro del estado. Es sólo para decir de que nunca fue todo solo “tener o no tener” en esta extraña y hermosa ciudad.
A fines del siglo XIX -, cuando los inmigrantes irlandeses aparecían por miles, llenando las bodegas de los barcos que habían vaciado su carga de algodón en Liverpool y cuando a éstos siguieron inmigrantes alemanes e italianos -, emergió una cultura vital y compleja. Enormes iglesias fueron levantadas para servir la gran fe de los ciudadanos católicos nacidos en Europa. Conventos, escuelas y orfanatos fueron construidos para los recién llegados y para quienes luchaban por salir adelante. La ciudad se expandía en todas las direcciones con nuevos vecindarios de grandes y atractivas casas o con áreas de humildes cabañas, donde incluso la más pequeña de éstas tenían un innegable encanto caribeño.
A través de todo esto, la cultura negra nunca declinó en Luisiana. De hecho, Nueva Orleáns llegó a ser un hogar para los negros de una forma en la que talvez pocas otras ciudades han logrado ser. La Dillar University y la Xavier University se convirtieron en dos de los más sobresalientes colleges negros en América y una vez que las batallas contra la segregación fueron ganadas, nuevo orleaneses negros ingresaron a todos los niveles de la vida de la ciudad, construyendo un clase media visible, que está ausente en muchas ciudades del oeste y de norte de América hasta nuestros días.
La influencia de los negros en la música de la ciudad y de la nación es muy inmensa y muy conocida para que sea necesario describirla. Fueron músicos negros que llegaron a Nueva Orleáns tras trabajo que la apodaron “the big Easy” porque era un lugar donde siempre podían encontrar un trabajo; por eso, no hace justicia a la esencia de Nueva Orleáns pensar al jazz y los blues como música de gente pobre, o de los oprimidos.

Algo más sucedía en Nueva Orleáns. La vida era buena allí. El reloj avanza más lentamente; la gente ríe más fácilmente; la gente se besa; la gente amaba; era alegre.

Es el porqué tanto nuevos orleaneses, blancos y negros, nunca se fueron rumbo al norte. No querían irse de un lugar donde se sentían en casa en vecindarios que databan de siglos; no querían dejar familias cuyas rondas de casamientos, nacimientos y funerales han llegado a ser la fábrica de sus vidas. No querían abandonar una ciudad cuya tolerancia siempre fue capaz de superar los prejuicios, en la que la paciencia siempre pudo aventajar a la ira. No querían abandonar un lugar que era suyo.

Y de esta manera, los nuevo orleaneses prosperaron, lentamente, pero seguros – hogar de protestantes y de católicos, incluso con irlandeses con su desfiles por el viejo barrio en el Día de St. Patrik, en el que ofrecen repollo, papas y cebollas a la ávida muchedumbre; incluyendo a los italianos, con su altar de San José con sus dulces y cookies en las casas, restaurantes e iglesias, en Marzo; con los tradicionalistas que aspiran a conservar la paz y la belleza del Garden District; incluyendo a los alemanes con sus clubs y tradiciones; incluyendo a la población negra que tiene un rol creciente en los asuntos públicos de la ciudad.

Ahora, la naturaleza ha hecho lo que la Guerra Civil no pudo hacer. La naturaleza ha hecho lo que no pudo hacer los disturbios de trabajadores de los años 20. La naturaleza ha hecho lo que la “vida moderna” con su inagotable búsqueda de eficiencia no pudo hacer. He hecho lo que el racismo no pudo, y lo que la segregación tampoco pudo. La devastación de la ciudad, en una dimensión que trae a la mente el fin de Pompeya.

*
Comparto esta historia por una razón – y para responder a preguntas que han sido hechas durante estos días. Tan pronto como las cámaras empezaron a filmar los techos y los helicópteros empezaron a liberar aquellos atrapados en sus áticos, se alzó un coro de voces. “¿Por qué no se fueron?” preguntaban en cámara y fuera de cámara. “¿Por qué se quedaron allí cuando sabían que venía la tormenta?”Un periodista incluso me preguntó ¿Por qué vive la gente en un lugar como ese?

Luego, cuando las condiciones se tornaron insoportables, los asaltantes tomaron las calles. Vitrinas fueron destruidas, joyas robadas, tiendas descerrajadas y agua, alimentos y televisores fueron robados por una
muchedumbre desinhibida y violenta.

Las voces, ahora, subieron más el tono. ¿Cómo pudieron esos ladrones robar y llevar a cabo saqueos en circunstancias de una crisis como esa? ¿Cómo pueden dispararse unos a otros? Y, ya que las caras de aquellos que robaban y saqueaban eran en su mayoría caras negras, la raza se volvió un tema. ¿Qué clase de gente es ésta, la gente de Nueva Orleáns, que se queda en una ciudad a punto de inundarse y que luego se vuelven unos contra otros?

Bueno, aquí va una respuesta. Miles no se fueron, porque no pudieron irse. No tenían el dinero. No tenían los vehículos. No tenían ningún lugar donde ir. Son los pobres, negros y blancos, que viven en todas las ciudades en gran número; e hicieron lo que pensaron que podían hacer – se juntaron en aquellas casas más sólidas que pudieron encontrar. No había forma de visitar y reservar en el próximo Ramada Inn.

Más aún. Otros miles que podrían haberse ido se quedaron para ayudar a otros. Ellos salieron en los helicópteros y sacaban a la gente de los techos; fueron por las calles inundadas en sus botes para reunir a aquellos que encontraban. Mientras tanto, los funcionarios locales trataban desesperadamente de aliviar el deterioro de las condiciones en el Superdome…

¿Y donde estaban todos los otros durante todo esto? Oh, la ayuda está en camino, se le dijo a Nueva Orleáns. Somos un país rico. El Congreso está actuando. Alguien vendrá a parar el saqueo y a cuidar de los refugiados..

Es verdad, al final, la ayuda llegó. Pero ¿Cuántas veces tuvo que decir la Gobernadora Kathleen Blanco que la situación era desesperada? ¿Cuantas veces tuvo que pedir ayuda el alcalde Ray Nagin? Por qué pidió América a una ciudad amada por millones, despreciada por algunos pero por nadie ignorada, luchar por su vida por si sola tanto tiempo? Esa es mi pregunta.

Se que Nueva Orleáns ganara su lucha al final. Nací en la ciudad y viví allí muchos años. Formó quién soy y lo que soy. Nunca he encontrado un lugar en el que la gente sepa más de amor, de familia, de lealtad y de convivir, que la gente de Nueva Orleáns. Es talvez su propia amabilidad que le otorga su capacidad de sobrellevar y perdurar.

Pero quiero decir esto a mi país: en esta crisis nos han fallado. Nos miraron en menos; despreciaron nuestras víctimas; nos despreciaron. Ustedes desean nuestra Fiesta de Jazz, ustedes desean nuestro Mardi Gras, nuestras comidas y nuestra música. Pero cuando nos vieron en problemas verdaderos, cuando vieron a una pequeña minoría haciendo daño, nos llamaron “Ciudad del Pecado” y nos dieron la espalda.

Bien, somos mucho más que eso. Y aunque parezcamos más exóticos y más atmosféricos, somos parte del país. Somos Americanos. Somos ustedes.

Anne Rice es escritora.

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10 Julio 2005

Un blog-testimonio, desde Londres.

Traducción libre del texto escrito por Léonie en su blog, el día Jueves, en Londres.
El texto lo presenté ayer en su versión en Inglés. Entretanto, impresionado por su descripción, lo he traducido.

SUPONGO QUE AUNQUE NO HAYA PALABRAS PARA DECIRLO, ÉSTAS TENDRÁN QUE HACERLO.

Hoy día, Londres es un lugar muy extraño y atemorizante para estar aquí.

Mi oficina esta situada a cinco minutos de Liverpool Street y a dos minutos de Old Street. Ningún lugar de Londres está muy alejado de otro, o por lo menos así es como se siente hoy día. La sensación de escuchar las sirenas en la televisión, y luego caminar unos pocos pasos y escuchar las mismas sirenas aullando a través de las ventanas es aterradora e invasiva.

Esta mañana, caminé a la Estación de Metro London Bridge solo para quedar confrontada con un océano de personas vestidas de negro, todos tratando en vano de embarcarse en el metro y ser transportados al trabajo; ninguno de nosotros entendía la interrupción de nuestras rutinas. Cuando suceden retrasos del transporte público, uno puede distinguir fácilmente a las personas pacientes, que piensan que eso no está en sus manos, y distinguirlos rápido de aquellos impacientes que se irritan y que empujan, y que pelean por abrirse camino a través de la inmensa multitud como si el océano fuese a dividirse inmediatamente para ellos. No estoy segura de no haberme imaginado esto entretanto, pero creo que esta mañana la atmósfera había sido alterada. Había menos de estas últimas personas, había menos impaciencia y enojo frustrado, pero simultáneamente había menos comprensión acerca de la causa del atraso. La confusión reinaba de forma suprema.

La confusión reina aún, supongo.

Tomé el bus a la salida de la estación London Bridge, en dirección a Liverpool Street. En el trayecto adelantamos interminables columnas de gente, todos vestidos de un tono que ahora, en retrospectiva, parece fuese negro de funeral, cuando en realidad, por supuesto, era solo el uniforme oscuro de los trabajadores urbanos. Marchando por el puente, la firme resolución de llegar al trabajo parecía transformar cada individuo en solo una pequeña parte de una masa viva, concentrada e infalible.
Para cuando nos acercábamos a Liverpool Street, la atmósfera ya se había vuelto más densa, había más gente en las veredas. Las calles estaban bloqueadas, y sabiendo que Liverpool Street estaba a menos de cinco minutos caminando, yo y la mayoría de los otros pasajeros nos bajamos del bus. Fragmentos de conversación en la vereda. Palabras fugaces captadas pero que quedaban sin respuesta. Explosión. Terroristas. Bomba.

Caminando doscientos metros más por la vía pude ver la fosforescencia de las casacas de muchos policías resaltando en la mañana del jueves y contrastando fuertemente con los grises edificios de Central London. Las áreas acordonadas parecían elegidas en forma aleatoria, y cuando una corriente de gente se acercaba, el policía iba y con un ligero toque en el brazo los alejaba, esquivando las preguntas mientras se dirigía a la próxima persona desorientada.

Ha habido tres/cuatro/nadie sabe exactamente cuantas bombas. Allí donde yo estaba, nadie sabía. Fue una pequeña explosión o una caída de corriente eléctrica. Nadie que dijera todo esto ( en el texto hay un link) . Camine al trabajo. La gente iba caminando por la calle, agrupándose entre desconocidos, preguntándose y dándose respuestas basadas en conjeturas o rumores. Había policías con perros rastreadores y expresión sombría patrullando las calles. Pequeños grupos se agrupaban preocupados afuera de las oficinas, compartiendo cigarrillos y secándose la lluvia de sus pálidas caras.

Era, por decir lo menos, extraño.

Parte de esa rareza es talvez derivada del hecho que se siente como si nadie realmente supiera qué es aquello de lo que estamos tan cerca. Está este subyacente pánico que nadie quiere nombrar de verdad, pero que hace que todos nosotros llamemos a nuestras familias y amigos, y miremos a desconocidos en la calle, agradecidos de estar vivos.

Todavía puedo escuchar los helicópteros arriba y las sirenas y sus ecos. Mas allá de eso, y de la omnipresencia de la voz del presentador de la televisión, todo Londres parece extrañamente tranquilo. ¿En shock? ¿Anticipando? Talvez solo estemos manteniendo nuestra respiración colectiva.

Que día más extraño para estar en Londres.
Posted by Léonie at 12:27 PM

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9 Julio 2005

Palabras que nos hablan de las calles de Londres en la mañana de ese Jueves.

del blog de Léonie, 23, londinense, de la mañana del día jueves, camino al trabajo. El relato fue seleccionado por el semanario alemán Der Spiegel, por su caracter genuino.

Thursday, July 07, 2005
I suppose, when there can be no words, words will have to do.

Today London is a very strange and scary place to be.

My office is five minutes from Liverpool Street, two minutes from Old Street. Nowhere in Central London is very far away from anywhere else, or at least that's what it feels like today. The sensation of hearing the sirens on the television, and then walking a few steps and listening to the same sirens wailing through the windows is terrifying and pervasive.

This morning I walked into London Bridge tube station only to be confronted with an ocean of black suited people, all trying in vain to board the tube and be whisked off to work, none of us understanding the disruption in our routines. When there are delays in public transport, you can clearly pick out the patient 'it's out of my hands' people, and differentiate them quickly from the angry, impatient people who push, shove and battle their way through the immense crowds as if the ocean should part immediately for them. I'm not sure whether this is something I have since imagined, but I think the atmosphere had been altered this morning. There were less of the latter people, there was less impatience and frustrated anger, but simultaneously there was less understanding of the cause of the delay. Confusion reigned supreme.

Confusion still reigns, I suppose.

I got on a bus outside London Bridge, heading up to Liverpool Street. As we rode along we passed endless streams of people, all dressed in what in retrospect seems like funereal black, when in fact, of course, it was just the dark uniform of the city worker. Trooping across the bridge, the staunch resolution to get to work seemed to transform each individual to just one tiny part of a pulsating mass, focused and unerring.
By the time we were nearing Liverpool Street, the atmosphere had thickened, there were more people on the pavements. The roads were blocked, and knowing that Liverpool Street was less than five minutes walk away, I and most of the other passenges got off the bus. Snippets of conversation on the pavement. Fleeting words caught but left unexplained. Explosion. Terrorists. Bomb.

Walking two hundred metres up the road I could see the fluorescence of the many police officers' jackets flashing through the Thursday morning drizzle and contrasting starkly against the looming grey towers of Central London. The areas cordoned off seemed almost randomly selected, and as streams of people drifted in and out policemen would walk up and with a light touch on the arm guide them out, deflecting questions as they moved on to the next misguided individual.

There have been three/four/nobody knows exactly how many bombs. Nobody knew where I was. It was a small explosion, or a power surge. There was nobody saying all of of this. I walked to work. People were walking in the roads, huddled with strangers frantically questioning and giving each other answers based on conjecture or rumour. There were policemen with sniffer dogs and sombre expressions patrolling the streets. Small groups collected worriedly outside offices, sharing cigarettes and wiping the rain from their pale faces.

It was, just to throw you with a wild understatement, strange.

Part of the strangeness is maybe derived from the fact that it feels like nobody knows quite what it is we're all so close to. There is this understated panic that nobody can really name, but that makes us all call our families and friends, and stare at strangers in the street, grateful they're alive.

I can still hear the helicopters overhead and the sirens echoing. Other than that, and the omnipresent television presenters' voices, the whole of London seems oddly quiet. In shock? In anticipation? Maybe we're all just holding our collective breath.

What a strange day to be in London.

posted by Léonie at 12:27 PM | 12 comments

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6 Julio 2005

Remembranzas. Sobre el libro " El sueño más dulce" de Doris Lessing

dove sei gita,
che qui sola di te la recordànza
trovo, dolcezza mia.

(Leopardi)

Doris Lessing revive para nosotros escenas de la vida en Londres de los años sesenta, de adolescentes que se buscan para vivir al alero de una casa de familia de izquierda. Es la vida de la generación alternativa que crece en el ambiente de la vieja izquierda marcada aún por las ideas de la posguerra. Y luego, el destino de ellos. Con escenas de la vida y agonía de un pueblo en Africa, visto por una joven médico. Un libro hermozamente escrito, que nos enriquece la memoria.
Por asociación temática, me recordó un libro publicado ya hace tiempo, Casa sin Amo, de Heinrich Böll; una historia que sucede en un pueblo de la Renania, cuya vida tan bién describe Böll. En esta novela también encontré esa búsqueda de vida alternativa, propia de la posguerra alemana.
Y, en esta serie de libros prestados a amigos, está aquel de Mempo Giardinelli, El Santo Oficio de la Memoria, cuya retrospectiva nos deja escuchando los ecos de nuestras propias historias.

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30 Junio 2005

Benno von Archimboldi. ¿Ha escuchado Usted hablar de él? A propósito de Bolaño. La reseña de Stephen Henighan en el TLS.

En la reciente edición del Times Literary Supplement, Stephen Henighan presenta sus comentarios sobre dos de las novelas de R.Bolaño, Los Detectives Salvajes y la edición en Inglés de Estrella Distante, bajo el título "Roberto Bolaño, Spanish American Postmodernist". El escenario de Los Detectives Salvajes es México y el crítico percibe bien el significado de la dispersión del grupo inicial de caracteres - quizá una alusión a la diáspora del exilio. En la segunda novela, la historia sucede en Chile.
Benno von Archimboldi es uno de los caracteres de la obra "2666". En la novela, von Archimboldi es un escritor alemán sobre el que se especializan cuatro críticos académicos, un Español, un Italiano, un Francés y Norton, Inglesa. Se le cree de origen prusiano, ein preussischer Herr, de algún lugar de Mecklenburgo. Y tiene sin embargo ese apellido tan Italiano. En las primeras 50 páginas, de las mil y tantas del libro, se prefigura solo fugazmente su realidad. El estilo de Bolaño es casi gentil en estas primeras páginas, si lo comparamos con el estilo de Los Detectives Salvajes.

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29 Junio 2005

Charla local sobre Blogs

Guiado por una noticia del periódico local asistí hoy a una charla del profesor Jorge Barahona, en la escuela de arquitectura de la U.Católica de Valparaíso, sobre la lógica, semántica y diseño de los blogs, - bajo el lema de que para ser global hay que ser local (Negroponte). De ahí mi incorporación a La Coctelera. Y mi mejor comprensión de lo que es la sindicación, RSS y ver su interés por los temas de diseño.
El Lugar: Recreo, Viña del Mar, Chile. A orillas del mar, en lo alto de una quebrada, en un dia de viento. Una vista de invierno a orillas del Pacífico.
Cómo talvez lo vé Santos Dominguez en esos poemas en "La Orilla del Invierno" donde escribe:

"Sobre la media luna del mar lleva la nave
su ambiguo cargamento de címbalos y flautas,
de gaviotas funestas, de sueños y nostalgias." (XI)

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