¿Sabe lo que significa perder Nueva Orleans?
Este artículo sobre su ciudad natal, de la escritora Anne Rice, fue publicado hace unos días en el NYT. Con los días y las noticias que llegaban de allí y los comentarios, esta historia fue tomando valor en mi mente. Hasta que no pude resistir la tentación de traducirlo. Es una traducción muy sensilla. Talvez, mi forma de solidarisar con ellos.
¿Sabe lo que significa perder Nueva Orleans?
Por Anne Rice
La Jola, California.
¿Qué sabe la gente sobre Nueva Orleáns, en realidad?
¿Se irán ellos concientes de que la ciudad siempre ha sido no sólo una gran metrópolis blanca sino también una gran ciudad negra, una ciudad en la que los Afro-americanos han logrado encontrarse una y otra vez para hacer de ella la cultura Afro-americana más fuerte del país?
La primera revista literaria jamás publicada en Luisiana fue obra de hombres negros, poetas y escritores de habla francesa que juntaron sus trabajos en tres ediciones de un pequeño libro llamado L’Album Littéraire. Eso sucedía en 1840, y en aquellos tiempos la ciudad tenía una próspera clase de hombres negros artesanos, escultores, hombres de negocios, propietarios y trabajadores diestros en todos las áreas.
Miles de esclavos vivían también por cuenta propia en la ciudad, haciendo sus vidas en variados trabajos, enviando unos pocos dólares a sus dueños en el campo, a fines de mes.
Esto no es disminuir el horror del mercado de esclavos en medio del famoso St. Louis Hotel o la injusticia del trabajo esclavo en las plantaciones, de un extremo a otro del estado. Es sólo para decir de que nunca fue todo solo “tener o no tener” en esta extraña y hermosa ciudad.
A fines del siglo XIX -, cuando los inmigrantes irlandeses aparecían por miles, llenando las bodegas de los barcos que habían vaciado su carga de algodón en Liverpool y cuando a éstos siguieron inmigrantes alemanes e italianos -, emergió una cultura vital y compleja. Enormes iglesias fueron levantadas para servir la gran fe de los ciudadanos católicos nacidos en Europa. Conventos, escuelas y orfanatos fueron construidos para los recién llegados y para quienes luchaban por salir adelante. La ciudad se expandía en todas las direcciones con nuevos vecindarios de grandes y atractivas casas o con áreas de humildes cabañas, donde incluso la más pequeña de éstas tenían un innegable encanto caribeño.
A través de todo esto, la cultura negra nunca declinó en Luisiana. De hecho, Nueva Orleáns llegó a ser un hogar para los negros de una forma en la que talvez pocas otras ciudades han logrado ser. La Dillar University y la Xavier University se convirtieron en dos de los más sobresalientes colleges negros en América y una vez que las batallas contra la segregación fueron ganadas, nuevo orleaneses negros ingresaron a todos los niveles de la vida de la ciudad, construyendo un clase media visible, que está ausente en muchas ciudades del oeste y de norte de América hasta nuestros días.
La influencia de los negros en la música de la ciudad y de la nación es muy inmensa y muy conocida para que sea necesario describirla. Fueron músicos negros que llegaron a Nueva Orleáns tras trabajo que la apodaron “the big Easy” porque era un lugar donde siempre podían encontrar un trabajo; por eso, no hace justicia a la esencia de Nueva Orleáns pensar al jazz y los blues como música de gente pobre, o de los oprimidos.
Algo más sucedía en Nueva Orleáns. La vida era buena allí. El reloj avanza más lentamente; la gente ríe más fácilmente; la gente se besa; la gente amaba; era alegre.
Es el porqué tanto nuevos orleaneses, blancos y negros, nunca se fueron rumbo al norte. No querían irse de un lugar donde se sentían en casa en vecindarios que databan de siglos; no querían dejar familias cuyas rondas de casamientos, nacimientos y funerales han llegado a ser la fábrica de sus vidas. No querían abandonar una ciudad cuya tolerancia siempre fue capaz de superar los prejuicios, en la que la paciencia siempre pudo aventajar a la ira. No querían abandonar un lugar que era suyo.
Y de esta manera, los nuevo orleaneses prosperaron, lentamente, pero seguros – hogar de protestantes y de católicos, incluso con irlandeses con su desfiles por el viejo barrio en el Día de St. Patrik, en el que ofrecen repollo, papas y cebollas a la ávida muchedumbre; incluyendo a los italianos, con su altar de San José con sus dulces y cookies en las casas, restaurantes e iglesias, en Marzo; con los tradicionalistas que aspiran a conservar la paz y la belleza del Garden District; incluyendo a los alemanes con sus clubs y tradiciones; incluyendo a la población negra que tiene un rol creciente en los asuntos públicos de la ciudad.
Ahora, la naturaleza ha hecho lo que la Guerra Civil no pudo hacer. La naturaleza ha hecho lo que no pudo hacer los disturbios de trabajadores de los años 20. La naturaleza ha hecho lo que la “vida moderna” con su inagotable búsqueda de eficiencia no pudo hacer. He hecho lo que el racismo no pudo, y lo que la segregación tampoco pudo. La devastación de la ciudad, en una dimensión que trae a la mente el fin de Pompeya.
*
Comparto esta historia por una razón – y para responder a preguntas que han sido hechas durante estos días. Tan pronto como las cámaras empezaron a filmar los techos y los helicópteros empezaron a liberar aquellos atrapados en sus áticos, se alzó un coro de voces. “¿Por qué no se fueron?” preguntaban en cámara y fuera de cámara. “¿Por qué se quedaron allí cuando sabían que venía la tormenta?”Un periodista incluso me preguntó ¿Por qué vive la gente en un lugar como ese?
Luego, cuando las condiciones se tornaron insoportables, los asaltantes tomaron las calles. Vitrinas fueron destruidas, joyas robadas, tiendas descerrajadas y agua, alimentos y televisores fueron robados por una
muchedumbre desinhibida y violenta.
Las voces, ahora, subieron más el tono. ¿Cómo pudieron esos ladrones robar y llevar a cabo saqueos en circunstancias de una crisis como esa? ¿Cómo pueden dispararse unos a otros? Y, ya que las caras de aquellos que robaban y saqueaban eran en su mayoría caras negras, la raza se volvió un tema. ¿Qué clase de gente es ésta, la gente de Nueva Orleáns, que se queda en una ciudad a punto de inundarse y que luego se vuelven unos contra otros?
Bueno, aquí va una respuesta. Miles no se fueron, porque no pudieron irse. No tenían el dinero. No tenían los vehículos. No tenían ningún lugar donde ir. Son los pobres, negros y blancos, que viven en todas las ciudades en gran número; e hicieron lo que pensaron que podían hacer – se juntaron en aquellas casas más sólidas que pudieron encontrar. No había forma de visitar y reservar en el próximo Ramada Inn.
Más aún. Otros miles que podrían haberse ido se quedaron para ayudar a otros. Ellos salieron en los helicópteros y sacaban a la gente de los techos; fueron por las calles inundadas en sus botes para reunir a aquellos que encontraban. Mientras tanto, los funcionarios locales trataban desesperadamente de aliviar el deterioro de las condiciones en el Superdome…
¿Y donde estaban todos los otros durante todo esto? Oh, la ayuda está en camino, se le dijo a Nueva Orleáns. Somos un país rico. El Congreso está actuando. Alguien vendrá a parar el saqueo y a cuidar de los refugiados..
Es verdad, al final, la ayuda llegó. Pero ¿Cuántas veces tuvo que decir la Gobernadora Kathleen Blanco que la situación era desesperada? ¿Cuantas veces tuvo que pedir ayuda el alcalde Ray Nagin? Por qué pidió América a una ciudad amada por millones, despreciada por algunos pero por nadie ignorada, luchar por su vida por si sola tanto tiempo? Esa es mi pregunta.
Se que Nueva Orleáns ganara su lucha al final. Nací en la ciudad y viví allí muchos años. Formó quién soy y lo que soy. Nunca he encontrado un lugar en el que la gente sepa más de amor, de familia, de lealtad y de convivir, que la gente de Nueva Orleáns. Es talvez su propia amabilidad que le otorga su capacidad de sobrellevar y perdurar.
Pero quiero decir esto a mi país: en esta crisis nos han fallado. Nos miraron en menos; despreciaron nuestras víctimas; nos despreciaron. Ustedes desean nuestra Fiesta de Jazz, ustedes desean nuestro Mardi Gras, nuestras comidas y nuestra música. Pero cuando nos vieron en problemas verdaderos, cuando vieron a una pequeña minoría haciendo daño, nos llamaron “Ciudad del Pecado” y nos dieron la espalda.
Bien, somos mucho más que eso. Y aunque parezcamos más exóticos y más atmosféricos, somos parte del país. Somos Americanos. Somos ustedes.
Anne Rice es escritora.
Nueva Orleans