Un blog-testimonio, desde Londres.
Traducción libre del texto escrito por Léonie en su blog, el día Jueves, en Londres.
El texto lo presenté ayer en su versión en Inglés. Entretanto, impresionado por su descripción, lo he traducido.
SUPONGO QUE AUNQUE NO HAYA PALABRAS PARA DECIRLO, ÉSTAS TENDRÁN QUE HACERLO.
Hoy día, Londres es un lugar muy extraño y atemorizante para estar aquí.
Mi oficina esta situada a cinco minutos de Liverpool Street y a dos minutos de Old Street. Ningún lugar de Londres está muy alejado de otro, o por lo menos así es como se siente hoy día. La sensación de escuchar las sirenas en la televisión, y luego caminar unos pocos pasos y escuchar las mismas sirenas aullando a través de las ventanas es aterradora e invasiva.
Esta mañana, caminé a la Estación de Metro London Bridge solo para quedar confrontada con un océano de personas vestidas de negro, todos tratando en vano de embarcarse en el metro y ser transportados al trabajo; ninguno de nosotros entendía la interrupción de nuestras rutinas. Cuando suceden retrasos del transporte público, uno puede distinguir fácilmente a las personas pacientes, que piensan que eso no está en sus manos, y distinguirlos rápido de aquellos impacientes que se irritan y que empujan, y que pelean por abrirse camino a través de la inmensa multitud como si el océano fuese a dividirse inmediatamente para ellos. No estoy segura de no haberme imaginado esto entretanto, pero creo que esta mañana la atmósfera había sido alterada. Había menos de estas últimas personas, había menos impaciencia y enojo frustrado, pero simultáneamente había menos comprensión acerca de la causa del atraso. La confusión reinaba de forma suprema.
La confusión reina aún, supongo.
Tomé el bus a la salida de la estación London Bridge, en dirección a Liverpool Street. En el trayecto adelantamos interminables columnas de gente, todos vestidos de un tono que ahora, en retrospectiva, parece fuese negro de funeral, cuando en realidad, por supuesto, era solo el uniforme oscuro de los trabajadores urbanos. Marchando por el puente, la firme resolución de llegar al trabajo parecía transformar cada individuo en solo una pequeña parte de una masa viva, concentrada e infalible.
Para cuando nos acercábamos a Liverpool Street, la atmósfera ya se había vuelto más densa, había más gente en las veredas. Las calles estaban bloqueadas, y sabiendo que Liverpool Street estaba a menos de cinco minutos caminando, yo y la mayoría de los otros pasajeros nos bajamos del bus. Fragmentos de conversación en la vereda. Palabras fugaces captadas pero que quedaban sin respuesta. Explosión. Terroristas. Bomba.
Caminando doscientos metros más por la vía pude ver la fosforescencia de las casacas de muchos policías resaltando en la mañana del jueves y contrastando fuertemente con los grises edificios de Central London. Las áreas acordonadas parecían elegidas en forma aleatoria, y cuando una corriente de gente se acercaba, el policía iba y con un ligero toque en el brazo los alejaba, esquivando las preguntas mientras se dirigía a la próxima persona desorientada.
Ha habido tres/cuatro/nadie sabe exactamente cuantas bombas. Allí donde yo estaba, nadie sabía. Fue una pequeña explosión o una caída de corriente eléctrica. Nadie que dijera todo esto ( en el texto hay un link) . Camine al trabajo. La gente iba caminando por la calle, agrupándose entre desconocidos, preguntándose y dándose respuestas basadas en conjeturas o rumores. Había policías con perros rastreadores y expresión sombría patrullando las calles. Pequeños grupos se agrupaban preocupados afuera de las oficinas, compartiendo cigarrillos y secándose la lluvia de sus pálidas caras.
Era, por decir lo menos, extraño.
Parte de esa rareza es talvez derivada del hecho que se siente como si nadie realmente supiera qué es aquello de lo que estamos tan cerca. Está este subyacente pánico que nadie quiere nombrar de verdad, pero que hace que todos nosotros llamemos a nuestras familias y amigos, y miremos a desconocidos en la calle, agradecidos de estar vivos.
Todavía puedo escuchar los helicópteros arriba y las sirenas y sus ecos. Mas allá de eso, y de la omnipresencia de la voz del presentador de la televisión, todo Londres parece extrañamente tranquilo. ¿En shock? ¿Anticipando? Talvez solo estemos manteniendo nuestra respiración colectiva.
Que día más extraño para estar en Londres.
Posted by Léonie at 12:27 PM
septiembre dijo
Refleja totalmente la realidad este texto. Me recuerda mucho a lo que viví el 11M.
Es horrible esa sensación de miedo y de desconocimiento y la obligación de seguir con la vida cotidiana cuando te apetecería no hacer nada y esconderte de tanta tristeza...
10 Julio 2005 | 08:50 AM